ana otto

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Brown eyes, pale skin. Curious, sometimes suspicious, a voracious reader, and a sonic explorer.

Toda mi vida he sido foránea, eso es un hecho innegable. Pero las raíces que a uno le faltaron se asientan después de vivir ocho, casi nueve años en un lugar. Ahora, una persona que toda su vida vivió y se crió en un mismo lugar debe sentir un impacto todavía más fuerte; pero esta es mi perspectiva. 

Después de vivir cuatro meses en la Ciudad de México uno necesita volver a casa. Ver familia, amigos, demás. Y así fue. Llegué con mi mochila de la escuela y la pequeña maleta con los cambios de ropa necesarios para el puente. Como siempre, me sobra ropa. Parece la ley del viajero, uno empaca cosas que jamás saldrán de la maleta durante la estancia pero insisten en ocupar espacio “por si acaso”. Llegué a mi casa y pude sentir como extrañaba el olor particular que se siente cuando uno llega a su casa. Ese olor, o sensación no lo tengo donde vivo en la Ciudad. Probablemente jamás lo tenga. Así que fui a mi cuarto, temerosa,distante, para ver que ya no había nada en mi habitación. Ya no estaban mis libros, ni siquiera mi ropa de cama, no estaban mis pósters y postales decorando las parades.  Lo peor fue ver mi clóset completamente vacío. Ya no estaba yo. Sólo los muebles de madera viejos llenándose de polvo. Me di cuenta que realmente tus padres son las únicas personas que no se olvidan de ti, pero los demás tienen un recuerdo tuyo que poco a poco se va empolvando. Como los muebles de madera. 

Esa misma noche vi a dos de mis mejores amigos, y los vi igual de cuando me fui. Juntándose con las mismas personas, haciendo las mismas cosas, yendo a los mismos lugares. Sólo yo era la que se sentía diferente, la que había cambiado. Pero lo más interesante de la visita es ver los lugares. Las calles se llenan de fantasmas y recuerdos que quedaron ya lejos de tu vida. Me pasó cuando caminaba por el tranquilo centro de la ciudad provinciana de noche (por que yo siempre prefiero la noche) y veía las calles llenas de fantasmas. Mira, en esa esquina me di el primer beso con un chico del que estuve enamorada. En ese edifcio me escapé de la fiesta para verlo. En ese café siempre me sentaba con mis amigas a tomar cervezas y platicar después de clases. En ese callejón perdí un arete por estar besando apasionadamente al chico del primer beso. En esa calle me empapó la lluvia mientras corría pisando charcos. En ese cine me di cuenta que mi ex se mandaba mensajes con otra. En ese bar fue cuando antes de los mensajes me di cuenta que me había enamorado de él. En esa calle nos peleamos  por razones que jamás recordaré pero si recordaré cómo nos gritábamos (no en un punto dramático, si no ridículo). En esa calle caminé sola un día y un hombre me chifló. En esa tienda compré una blusa morada que todos odian pero yo amo. En ese café tuve una primera cita. En ese otro café escuché a una amiga llorar por un tipo. 

Pero lo más aterrorizante son los recuerdos que quedan en un tu casa. Esos nunca se borran. Cuando cierro los ojos juro sentir las dimensiones y los espacios de las cosas que están a mi alrededor. Las personas que alguna vez fueron a mi casa a compartir experiencias buenas o malas conmigo. Volver a casa es darte cuenta que las cosas que creías olvidadas siguen ahí. Tu te fuiste y las dejaste. Pero siguen ahí. 

Todo sigue igual. Exactamente como cuando lo dejaste. Todo, excepto tú. 

Justamente hoy me escribieron diciendo que continuara escribiendo mis pequeñas crónicas de mi viviendo acá en la Ciudad de México y entre los ejemplos que me sugirieron para poder escribir era sobre mi visita a Ciudad Universitaria, que casualmente fui hoy (por segunda vez). Qué coincidencia. Entonces escribo: Ana conoce Ciudad universitaria.

La primera vez que fui a Ciudad Universitaria coloquialmente conocida como CU (pronúnciese cé-ú) fue exactamente la semana pasada. Cabe aclarar que yo no estudio en la casa de estudios más grande del país. Acompañaba a un amigo que acaba de comenzar la licenciatura de actuaría (ñoño, le digo yo -de cariño-) que estaba intentando conseguir un turno matutino porque le había tocado el vespertino y él trabaja en las tardes y noches. Seguro estarán pensando: imposible que consiga un cambio, sobre todo al ser de nuevo ingreso. Tal vez, pero no perdíamos nada intentando. 

Con mi amigo un chilango born and raised tomamos Taxqueña para después bajarnos en Ermita y llegar a Zapata. Grandísima fue mi sorpresa que nunca me había subido a la línea 12 (la dorada) y hasta ahora sólo me había movido durante las primeras líneas. Comparemos: habitualmente utilizo la línea 2, o sea la azul. Una línea vieja, y generalmente me bajo o subo en Taxqueña, Cuatro Caminos, Cuitláhuac o Tacuba. Todas ellas horriblísimas estaciones, pero claro yo pensaba que así estaban todas, así que pensaba que era lo normal y no lo veía horrible. Entonces llego a la maravillosa y nueva línea dorada. Estaciones casi vacías, los vagones completamente nuevos, limpios, iluminados, con A/C funcional, pantallas, musiquita de elevador, etc. Mind blown. Ahí me ven, toda rancherita, impresionada por qué bonita estaba esa línea. ¡Un pedacito de primer mundo! Eh, sí, así andaba. Mi amigo omitió cualquier burla que pudiera hacer por ser provinciana. Continuamos con nuestro recorrido para ir a Zapata y tomar la línea verde olivo. Oh cielísimo santo. Ahí el encantó se perdió. Si yo creía que era fea la línea azul, la línea verde olivo estaba “pior”. Ventanas rayadas, luces amarillas que casi no iluminaban ya, sus asientos verdes tan inprácticos y chiquitos, hasta el tipo de piso se notaba que estaba viejísimo y pasado de moda, o sea, goe. Finalmente llegamos al metro Universidad. Pude notarlo cuando nos bajamos y por todos lados, aparte de los típicos puestos de garnachas y comida mugrosa comenzaban a haber souvenirs de la grandísima casa de estudios autónoma. Veía chamarras, playeras, sudaderas, gorras, peluches, en fin, de todo tipo de artículos eso sí, con su característico Azul Pantone 541 y Oro Pantone 460. Inclusive veía calcomanías de el famosísimo logotipo del PUMA que todos ya muy bien conocemos en diferentes diseños, algunos rosas para las damas, otros con rastas y un porro, o con la gorra del Ché. *sigh*. Eso sí, lo siento muchísimo aficionados del Pumas, jamás olvidaré el video del 2008 cuando un niño llora porque perdieron contra el Atlante y solloza “No sirven pa naaada” (A continuación el enlace por si quieren recordarlo o no lo han visto: https://www.youtube.com/watch?v=IXC4ogm3Oks) Que por cierto, también van re mal ahora, con eso de que perdieron contra el Toluca 2-1, eh. Pero ya me desvié. Regreso a mi recorrido. 

Mi amigo me explicaba del transporte que existía como el “Pumabús” o las “Pumabicis”. Pero nosotros caminábamos mientras llegamos a la Facultad de Ciencias al distinguir la representación escultórica de Prometeo. Continuamos con el trámite que veníamos a realizar, entregar sus papeles y preguntar sobre el cambio a horario matutino. No olvidemos que la UNAM maneja su sistema de manera burocrática, entonces, fue desesperante tratar con el sistema administrativo para acabar con el simple “No hay cambios a menos que sea por permuta”. Hasta ese día yo no sabía lo que era permuta. Ya ven, todos los días se aprende algo nuevo. Teníamos solamente una hoja de papel y una pluma que apenas pintaba para colocar nuestros letreros de “Permuta: Actuaría, turno vespertino por turno matutino”. Pero sabíamos que era inútil, un chico se nos había adelantado y no miento, había ya colgado alrededor de las oficinas y toda la facultad de ciencias casi cuarenta hojitas. Salimos desesperanzados de ahí. Una vez acabado el trámite al que fuimos a hacer mi amigo me pregunto qué quería hacer. Yo como la turista que realmente soy todavía, pensé y dije que no podía ir a CU sin conocer la biblioteca central y rectoría que había visto tantas veces en fotos. Así que desde la Facultad de Ciencias fuimos caminando. Pasamos por el Anexo de Ingeniería, Contaduría, el Estadio de prácticas hasta que vi por fuera el Estadio Olímpico y a lo lejos Rectoría. Me vi decepcionada, vi el edificio viejo y tirado al catre, en las fotos parecía más imponente e importante. Personalmente no soy muy fan de su mural de Siqueiros, pero bueno, ya puedo decir que estuve en Rectoría. Continuamos y llegamos a la Biblioteca Central y el mural de Juan O’Gorman me dejó un rato admirando y encontrando las figuritas que reconocía. Los fundamentos míticos detrás de éste. En su Fachada Norte con su paso prehispánico, su Fachada Sur con su pasado colonial, su Fachada Oriente con el mundo contemporáneo y la Fachada Poniente con el México actual. 

Llegamos a Las Islas, mi amigo me contaba que era común y ocurría de vez en cuando que se daba eso de quemar hierba o actividades que en mi universidad privada serían altamente sancionadas. Yo con los ojos pelados no lo podía creer. Nos sentamos un rato allí mismo en los escalones para bajar a las Islas mientras observaba a la gente. Parejas dándose un buen agarrón debajo de algún arbolito, dueños paseando a perros, lectores bohemios que tienen una biblioteca al lado pero prefieren leer en la -naturaleza-. Por supuesto existe una gran variedad de tipo de personas que van a la UNAM, pero pude notar una alta predominancia en el uso de morrales. Muchísimos morrales. De todo tipo y color. 

Proseguimos con el recorrido para acabar atravesando la Facultad de Medicina y salir al metro Copilco que agarramos en hora pico e íbamos todos como lata de sardinas. Yo aproveché y andaba bien abrazadita de mi amigo, qué mejor que andar pegada contra la ventana o el sobaco de algún ñor o chacapunk. Pero no hubo más novedad en el regreso. Llegamos a tiempo al gimnasio donde entrenamos kickboxing y MMA antes de que llegara el aguacero. 

Hoy como mencioné anteriormente volví a ir. Y mi conclusión es: Harrrrrrrtos morrales. Morrales everywhere. Azul Pantone 541 y Oro Pantone 460 en todos lados. 

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El cabello es toooodo un tema para los mujeres. Así como nunca nos parece nada, no falta quien tiene chinos y muere por un cabello liso. Y viceversa. No falta la morenaza que quiere una cabellera dorada también. Los tintes de cabello que son utilizados por mujeres que terminaron con su novio y quieren comenzar “una nueva etapa” con “un nuevo look”, así como las mujeres mayores que esconden sus canas. También claro las que se lo pintan porque “ps por qué no?”. Yo he sido afortunada, y me he encontrado en un punto medio. Sí me gusta mi cabello, su forma y color, pero también he querido intentar y jugar con él. La lista es larga, por ejemplo, comencemos cuando era una bebé. A los cinco meses de nacida, nunca entendí por qué, pero mi papá me rapó. Era una bebé skinhead pelona. Me hubiera encantado que me pusieran de esas botitas de Dr. Martens para bebecitos y una playerita de The Clash. Luego tuve un corte de cabello cagado, ridículo casi, creo que todos de pequeños sufrimos ese corte como con flequillo y que el largo de todo lo demás llega por debajo de las orejas.

De muy pequeña era medio güerilla. Conozco muchos casos de amigos casi rubios y ahora tienen el cabello muy obscuro. Yo recuerdo que de pequeña soñaba con ser pelirroja. No tipo Dulce en RBD, si no más bien mi inspiración capilar era como Lindsay Lohan en sus años de gloria como en Juego de Gemelas, o vaya, no puedo creer que lo diga, Kim Possible y mis barbies con tan distintivo color anaranjado. Alguna vez se lo dije a mi madre, pero ese mismo día me hizo entender que aunque sea pálida de color de piel jamás podría tener la cabellera de Lindsay, o Kim Possible. También alguna vez intenté el fleco. Terrible decisión. 

La secundaria para mi fue una época obscura, esos terribles años de mi juventud. ¿Qué hacía yo? Me cortaba el cabello. Yo misma. Con mis tijeras barrilito. Al principio por supuesto era un desastre, los tijeretazos eran obvios. Pero poquito a poco fui agarrando práctica, y bueno, así entre la práctica me deje el cabello corto. Me duró muchísimo tiempo el cabello corto. A veces realmente lo extraño. Era muy práctico. En esos años yo no tenía mucho interés en mi apariencia y lo dejaba notar en el cabello. Recuerdo también que pensaba “cuando tenga el cabello largo, me voy a hacer unas rastas”. Jesús. En qué pensaba. Ahora miro atrás y jamás pensaría en rastas. 

Luego llegó la prepa. ¿Y qué hice? Me pinté el cabello de azul. No completo, pero si bastante. Así, sin bleach. El puro tinte. Y la neta, se veía bien chingón. Fue altamente criticado, eso sí. Había quienes me decían que qué pretendía, mi padre se oponía por ser una “weirda”, y también otros les encantaba. Pero yo era feliz con mi cabello azul. Azul casi marino, se veía muy obscuro y brillaba en la luz. Pero carajo, qué desastre era mantenerlo. Las toallas blancas se pintaban de azul, los primeros regaderazos era bañarme en tinte azul manchando todas las paredes de la regadera. Al oponerme a usar bleach y tener pelos de escoba, obviamente el tinte no duraba nada. Así, poquito a poco, me acabé cansando. Pero tampoco quería teñirme el cabello de castaño para quitarme el azul. Lo quería natural, así que en lo que el tinte se salía por completo, lo tuve verde. Odiaba ese verde. Desde entonces no he jugado mucho con mi cabello.

Ahora es lo más largo que lo he tenido. Y carajo, es hermoso, pero un trabajo cuidarlo. Yo siento tan fachosa, jamás me gustó usar secadora para el cabello ni planchas o esas cosas, así que el secado natural puede ser lento y acabar en un frizz espantoso. Los días lluviosos y yo no nos llevamos bien. Entrenar es incómodo con tanto cabello. La cola de caballo no es una opción porque al brincar mi cabello tan largo me alcanza a dar latigazos a los ojos. Dolorosísimo. El chongo siempre acaba deshaciéndose. Lo único que queda son las trenzas. Que siempre acabo despeinada igual, pero menos que las opciones anteriores. Otra cuestión incómoda sobre el cabello es a la hora de consumar El Amor. Claro, el cabello largo puede resultar sexy. Pero entre la torpeza y euforia, acabo increíblemente despeinada. También me jalan el cabello. No querido lector, no de la manera tan lasciva que imagina usted, si no más bien es un “Ay, ay, pérate, me duele, ¡me estás jalando el cabello!”. O los pobres acaban incómodos con un cabello castaño en la cornea. Siempre acabo dejando cabellos largos en las almohadas. Quizá así marco territorio discretamente. 

Pero hoy es domingo, y todo esto lo escribí pensando “Uchales, hace dos días no me lavo el cabello, debería hacerlo. Mejor mañana.” 

A continuación, fotos de mi cabello a través de los tiempos (les debo algunas de pequeña pero mi madre no me dejó mudarme con esos álbumes porque los quería ella sola) :

La chiquitina de ahí, esa soy yo. Se aprecia mi medio cabello rubio (?).

Ugggggghhhhh… ¿en qué estaba pensando? me refiero a la playera de División Minúscula. En fin. Podemos apreciar como intentaba muy contenta hacer jotkeis. Y ah, sí, ese terrible corte. 

Miren nada más todo el grunge que emanaba con mi cabello. Esa era yo a los trece en un estudio de arte. 

Muy turista yo, muy güerita también. El grunge desapareció.

Luego me puse guapa y era medio chaira y miren nada más que chulada de cabello. Miren ese azul. Qué bárrrrrrrrbaro. 

Y estos gifs, ambos muy parecidos, son de hace unas semanas. Jugar con el cabello siempre es una opción. 

Ésta soy yo hoy. Porque los domingos jamás luzco bien. Y mi cabello no coopera mucho que digamos. 

You will wonder, what made me write this. I had already banished you from my thoughts, and the thoughts that I kept were full of hate. A very wrong, rotten sensation you left. See, you left long, long time ago before the last message you received from me. Before the fights. You left, but you were at times with me, or talking to me. But you were gone. You were gone without saying goodbye. 

Then I remembered you. In my older room, a sunny day, light shining through the white bed. Or was it red the first time we slept? Anyway, the room shined through the white ceiling, a glow. There you were, there we were. Naked, and young. Sometimes I forget I’m so young. But it is good to remember, we are so young. Sex its just sex. It’s not about the orgasm. For a moment, let’s be honest, we don’t remember the orgasms as time passes by. We remember the smell, the face, the sound they made, how they closed their eyes, a drop of sweat making its way because of gravity, those are the kind of things that makes sex unforgettable. Those things that made our lovers. I remembered this song, your face, our heat, me being wet –like rain–, your moaning like thunder, the laugh, the after sex embrace. Then I thought that I would like to keep those images. That feeling. Nothing else. Forget everything else. 

Little thoughts like this, writing down thoughts like these. Allowing yourself to look back with other eyes, and open yourself up –to yourself, or someone else to read– I guess that’s how poetry begins. 

You see, as days pass by I know all of this was my mistake. My mistake was even though I knew things would end eventually, I continued. And even then as I continued, I stretched it so far, I stretched so far to keeping you close, that I lost the sight you were never even close. You were never mine. My mistake was the moment I knew it you never could love me, I didn’t run. My mistake were my feelings. I stayed. I do admit my mistakes.

Please, never write back. 

Llevo ya un mes y casi dos semanas viviendo en la Ciudad de México. Y aquí estoy, sola en la gran urbe mexicana odiada por el mismísimo Salvador Dalí (y con cuánta razón), así como amada por extranjeros como Remedios Varo, Leonora Carrington y que mi incultura no me permite continuar con la lista. Alguna vez había dicho en un post desganado de Facebook, cuando tenía, que la Ciudad de México era la capital del caos y el surrealismo. A veces sí me lo parece. (Nota: prefiero decir Ciudad de México que “DF”, me parece que tiene más <i>caché</i>). Viniendo de la ciudad provincial que es Morelia, a pesar de haber venido tantas veces durante toda mi vida a la Ciudad, no es lo mismo. La primera semana estando aquí, después de haber terminado de desempacar todas las cajas salí en mi primer paseo. Me fui en metro sola hasta el centro. Pero en mi camino al metro, tratando de encontrar la entrada encontré a un tipo muerto. Jamás había visto uno. Ni viviendo ocho años en Michoacán que la gente cree que vivir ahí es vivir como en la franja de Gaza. Era un vago, en pleno jueves a las 11:30 de la mañana. En medio de un descanso de un puente peatonal. Con los ojos idos para atrás. Y podría entrar en una plática moral de como todo el mundo pasaba(mos) del tipo y nadie hacia desbarajuste y gritaba histéricamente llamando al mexicano nain uan uan. Así atravesando un mercado llegué a la enorme estación de Taxqueña para seguir mi trayecto en línea recta para bajarme en Bellas Artes. Ahí iba yo, Ana, de uno sesenta, con jeans rotos, un chaleco que mi madre detesta que esconde mis tetas y parezco camionero, mi delineador negro y enchufada a mi iPod con cara de “ahuevo, soy bien de acá, no vengo de provincia, eh”. El día transcurrió sin eventualidades, pero aunque había visitado el centro incontables veces, todo parecía nuevo. No era lo mismo ir de la manita con mi papá y la voz de mi mamá diciéndome que cuidara que nadie metiera la mano a mi bolsa. La cosa es que cuando una esta sola, todo parece nuevo. Se ve distinto. Así entonces regresé a mi casa, pero cansada. Muy cansada. Agradecida de haberme chingado un asiento y no tenerme que ida parada. Pero sin duda lo peor fue cuando me tuve que aventar una línea de metro completa, cuando llovía. El metro se paraba, se retrasaba, la gente se empujaba y amontonaba como lata de sardinas y qué bueno que no pasó como Calle 13 dice “Apretaditos como en una lata de sardinas agarrando nalga porque esta incluida la propina”. 

Es intimidante ir caminado por el metro, pero peor son los alrededores para llegar a él. Te ven toda chiquita, toda “güerita”, toda pendeja. Y es feo el metro. No soy ninguna princesa, mucho menos delicada. Pero si te pegan luego los hornazos de la gente. La peste de la calle para llegar, los microbuses apretados en las salidas. Ay, tan pintoresco. Lo peor, ya dentro el vagón, son los tipos que se ponen a vender cosas dentro. Gritando a todo pulmón. Me irrito fácilmente con eso. Como los tipos que venden tamales (que hoy un amigo me contó que compró uno de esos que venden por mi colonia y tenía cucarachas). O peor, los ciegos que van pasando por ahí, dando lástimas, pero empujando a todos. El niño marrano que va comiendo en el metro, con sus manos todas babeadas de andarse chupando los dedos. Los chacapunks con sus pelos estilizados con gel. Las muchachas que son más valientes que yo por usar minifalda en plena hora pico pero como repelente esos pelitos morenitos que se asoman de una mala depilación. Las madres con niños en brazos pero que tienen también en sus manos un CD con las mejores canciones románticas de El Komander. Los novios que estan besándose así sin más en el acalorado vagón, tomándose “selfies” (les juro que vi unos novios tomándose una selfie). Los ávidos lectores que no pierden la línea de lectura con los frenones que mete el metro. Las madres que van regañando a toda la bola de hijos que tienen. Y luego estoy yo, sentada ahí, cuidándome las nalgas y el celular de lo tanto que dicen que les pasa a las pobres mujercitas distraídas, pero en realidad no pasa nada (si no andas en la pendeja). Pero hey, no estoy juzgando. Sólo soy una espectadora más de este maravilloso musical titulado: México. 

Nota: Adjunto foto de mi con ese chaleco ese preciso día comiendo en un mercado del centro. Existe ese chaleco. Y es ferozmente odiado por mi madre.