ana otto

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Brown eyes, pale skin. Curious, sometimes suspicious, a voracious reader, and a sonic explorer.

El cabello es toooodo un tema para los mujeres. Así como nunca nos parece nada, no falta quien tiene chinos y muere por un cabello liso. Y viceversa. No falta la morenaza que quiere una cabellera dorada también. Los tintes de cabello que son utilizados por mujeres que terminaron con su novio y quieren comenzar “una nueva etapa” con “un nuevo look”, así como las mujeres mayores que esconden sus canas. También claro las que se lo pintan porque “ps por qué no?”. Yo he sido afortunada, y me he encontrado en un punto medio. Sí me gusta mi cabello, su forma y color, pero también he querido intentar y jugar con él. La lista es larga, por ejemplo, comencemos cuando era una bebé. A los cinco meses de nacida, nunca entendí por qué, pero mi papá me rapó. Era una bebé skinhead pelona. Me hubiera encantado que me pusieran de esas botitas de Dr. Martens para bebecitos y una playerita de The Clash. Luego tuve un corte de cabello cagado, ridículo casi, creo que todos de pequeños sufrimos ese corte como con flequillo y que el largo de todo lo demás llega por debajo de las orejas.

De muy pequeña era medio güerilla. Conozco muchos casos de amigos casi rubios y ahora tienen el cabello muy obscuro. Yo recuerdo que de pequeña soñaba con ser pelirroja. No tipo Dulce en RBD, si no más bien mi inspiración capilar era como Lindsay Lohan en sus años de gloria como en Juego de Gemelas, o vaya, no puedo creer que lo diga, Kim Possible y mis barbies con tan distintivo color anaranjado. Alguna vez se lo dije a mi madre, pero ese mismo día me hizo entender que aunque sea pálida de color de piel jamás podría tener la cabellera de Lindsay, o Kim Possible. También alguna vez intenté el fleco. Terrible decisión. 

La secundaria para mi fue una época obscura, esos terribles años de mi juventud. ¿Qué hacía yo? Me cortaba el cabello. Yo misma. Con mis tijeras barrilito. Al principio por supuesto era un desastre, los tijeretazos eran obvios. Pero poquito a poco fui agarrando práctica, y bueno, así entre la práctica me deje el cabello corto. Me duró muchísimo tiempo el cabello corto. A veces realmente lo extraño. Era muy práctico. En esos años yo no tenía mucho interés en mi apariencia y lo dejaba notar en el cabello. Recuerdo también que pensaba “cuando tenga el cabello largo, me voy a hacer unas rastas”. Jesús. En qué pensaba. Ahora miro atrás y jamás pensaría en rastas. 

Luego llegó la prepa. ¿Y qué hice? Me pinté el cabello de azul. No completo, pero si bastante. Así, sin bleach. El puro tinte. Y la neta, se veía bien chingón. Fue altamente criticado, eso sí. Había quienes me decían que qué pretendía, mi padre se oponía por ser una “weirda”, y también otros les encantaba. Pero yo era feliz con mi cabello azul. Azul casi marino, se veía muy obscuro y brillaba en la luz. Pero carajo, qué desastre era mantenerlo. Las toallas blancas se pintaban de azul, los primeros regaderazos era bañarme en tinte azul manchando todas las paredes de la regadera. Al oponerme a usar bleach y tener pelos de escoba, obviamente el tinte no duraba nada. Así, poquito a poco, me acabé cansando. Pero tampoco quería teñirme el cabello de castaño para quitarme el azul. Lo quería natural, así que en lo que el tinte se salía por completo, lo tuve verde. Odiaba ese verde. Desde entonces no he jugado mucho con mi cabello.

Ahora es lo más largo que lo he tenido. Y carajo, es hermoso, pero un trabajo cuidarlo. Yo siento tan fachosa, jamás me gustó usar secadora para el cabello ni planchas o esas cosas, así que el secado natural puede ser lento y acabar en un frizz espantoso. Los días lluviosos y yo no nos llevamos bien. Entrenar es incómodo con tanto cabello. La cola de caballo no es una opción porque al brincar mi cabello tan largo me alcanza a dar latigazos a los ojos. Dolorosísimo. El chongo siempre acaba deshaciéndose. Lo único que queda son las trenzas. Que siempre acabo despeinada igual, pero menos que las opciones anteriores. Otra cuestión incómoda sobre el cabello es a la hora de consumar El Amor. Claro, el cabello largo puede resultar sexy. Pero entre la torpeza y euforia, acabo increíblemente despeinada. También me jalan el cabello. No querido lector, no de la manera tan lasciva que imagina usted, si no más bien es un “Ay, ay, pérate, me duele, ¡me estás jalando el cabello!”. O los pobres acaban incómodos con un cabello castaño en la cornea. Siempre acabo dejando cabellos largos en las almohadas. Quizá así marco territorio discretamente. 

Pero hoy es domingo, y todo esto lo escribí pensando “Uchales, hace dos días no me lavo el cabello, debería hacerlo. Mejor mañana.” 

A continuación, fotos de mi cabello a través de los tiempos (les debo algunas de pequeña pero mi madre no me dejó mudarme con esos álbumes porque los quería ella sola) :

La chiquitina de ahí, esa soy yo. Se aprecia mi medio cabello rubio (?).

Ugggggghhhhh… ¿en qué estaba pensando? me refiero a la playera de División Minúscula. En fin. Podemos apreciar como intentaba muy contenta hacer jotkeis. Y ah, sí, ese terrible corte. 

Miren nada más todo el grunge que emanaba con mi cabello. Esa era yo a los trece en un estudio de arte. 

Muy turista yo, muy güerita también. El grunge desapareció.

Luego me puse guapa y era medio chaira y miren nada más que chulada de cabello. Miren ese azul. Qué bárrrrrrrrbaro. 

Y estos gifs, ambos muy parecidos, son de hace unas semanas. Jugar con el cabello siempre es una opción. 

Ésta soy yo hoy. Porque los domingos jamás luzco bien. Y mi cabello no coopera mucho que digamos. 

You will wonder, what made me write this. I had already banished you from my thoughts, and the thoughts that I kept were full of hate. A very wrong, rotten sensation you left. See, you left long, long time ago before the last message you received from me. Before the fights. You left, but you were at times with me, or talking to me. But you were gone. You were gone without saying goodbye. 

Then I remembered you. In my older room, a sunny day, light shining through the white bed. Or was it red the first time we slept? Anyway, the room shined through the white ceiling, a glow. There you were, there we were. Naked, and young. Sometimes I forget I’m so young. But it is good to remember, we are so young. Sex its just sex. It’s not about the orgasm. For a moment, let’s be honest, we don’t remember the orgasms as time passes by. We remember the smell, the face, the sound they made, how they closed their eyes, a drop of sweat making its way because of gravity, those are the kind of things that makes sex unforgettable. Those things that made our lovers. I remembered this song, your face, our heat, me being wet –like rain–, your moaning like thunder, the laugh, the after sex embrace. Then I thought that I would like to keep those images. That feeling. Nothing else. Forget everything else. 

Little thoughts like this, writing down thoughts like these. Allowing yourself to look back with other eyes, and open yourself up –to yourself, or someone else to read– I guess that’s how poetry begins. 

You see, as days pass by I know all of this was my mistake. My mistake was even though I knew things would end eventually, I continued. And even then as I continued, I stretched it so far, I stretched so far to keeping you close, that I lost the sight you were never even close. You were never mine. My mistake was the moment I knew it you never could love me, I didn’t run. My mistake were my feelings. I stayed. I do admit my mistakes.

Please, never write back. 

Llevo ya un mes y casi dos semanas viviendo en la Ciudad de México. Y aquí estoy, sola en la gran urbe mexicana odiada por el mismísimo Salvador Dalí (y con cuánta razón), así como amada por extranjeros como Remedios Varo, Leonora Carrington y que mi incultura no me permite continuar con la lista. Alguna vez había dicho en un post desganado de Facebook, cuando tenía, que la Ciudad de México era la capital del caos y el surrealismo. A veces sí me lo parece. (Nota: prefiero decir Ciudad de México que “DF”, me parece que tiene más <i>caché</i>). Viniendo de la ciudad provincial que es Morelia, a pesar de haber venido tantas veces durante toda mi vida a la Ciudad, no es lo mismo. La primera semana estando aquí, después de haber terminado de desempacar todas las cajas salí en mi primer paseo. Me fui en metro sola hasta el centro. Pero en mi camino al metro, tratando de encontrar la entrada encontré a un tipo muerto. Jamás había visto uno. Ni viviendo ocho años en Michoacán que la gente cree que vivir ahí es vivir como en la franja de Gaza. Era un vago, en pleno jueves a las 11:30 de la mañana. En medio de un descanso de un puente peatonal. Con los ojos idos para atrás. Y podría entrar en una plática moral de como todo el mundo pasaba(mos) del tipo y nadie hacia desbarajuste y gritaba histéricamente llamando al mexicano nain uan uan. Así atravesando un mercado llegué a la enorme estación de Taxqueña para seguir mi trayecto en línea recta para bajarme en Bellas Artes. Ahí iba yo, Ana, de uno sesenta, con jeans rotos, un chaleco que mi madre detesta que esconde mis tetas y parezco camionero, mi delineador negro y enchufada a mi iPod con cara de “ahuevo, soy bien de acá, no vengo de provincia, eh”. El día transcurrió sin eventualidades, pero aunque había visitado el centro incontables veces, todo parecía nuevo. No era lo mismo ir de la manita con mi papá y la voz de mi mamá diciéndome que cuidara que nadie metiera la mano a mi bolsa. La cosa es que cuando una esta sola, todo parece nuevo. Se ve distinto. Así entonces regresé a mi casa, pero cansada. Muy cansada. Agradecida de haberme chingado un asiento y no tenerme que ida parada. Pero sin duda lo peor fue cuando me tuve que aventar una línea de metro completa, cuando llovía. El metro se paraba, se retrasaba, la gente se empujaba y amontonaba como lata de sardinas y qué bueno que no pasó como Calle 13 dice “Apretaditos como en una lata de sardinas agarrando nalga porque esta incluida la propina”. 

Es intimidante ir caminado por el metro, pero peor son los alrededores para llegar a él. Te ven toda chiquita, toda “güerita”, toda pendeja. Y es feo el metro. No soy ninguna princesa, mucho menos delicada. Pero si te pegan luego los hornazos de la gente. La peste de la calle para llegar, los microbuses apretados en las salidas. Ay, tan pintoresco. Lo peor, ya dentro el vagón, son los tipos que se ponen a vender cosas dentro. Gritando a todo pulmón. Me irrito fácilmente con eso. Como los tipos que venden tamales (que hoy un amigo me contó que compró uno de esos que venden por mi colonia y tenía cucarachas). O peor, los ciegos que van pasando por ahí, dando lástimas, pero empujando a todos. El niño marrano que va comiendo en el metro, con sus manos todas babeadas de andarse chupando los dedos. Los chacapunks con sus pelos estilizados con gel. Las muchachas que son más valientes que yo por usar minifalda en plena hora pico pero como repelente esos pelitos morenitos que se asoman de una mala depilación. Las madres con niños en brazos pero que tienen también en sus manos un CD con las mejores canciones románticas de El Komander. Los novios que estan besándose así sin más en el acalorado vagón, tomándose “selfies” (les juro que vi unos novios tomándose una selfie). Los ávidos lectores que no pierden la línea de lectura con los frenones que mete el metro. Las madres que van regañando a toda la bola de hijos que tienen. Y luego estoy yo, sentada ahí, cuidándome las nalgas y el celular de lo tanto que dicen que les pasa a las pobres mujercitas distraídas, pero en realidad no pasa nada (si no andas en la pendeja). Pero hey, no estoy juzgando. Sólo soy una espectadora más de este maravilloso musical titulado: México. 

Nota: Adjunto foto de mi con ese chaleco ese preciso día comiendo en un mercado del centro. Existe ese chaleco. Y es ferozmente odiado por mi madre.