ana otto

home    message    Mine    submit    archive    theme
©
Brown eyes, pale skin. Curious, sometimes suspicious, a voracious reader, and a sonic explorer.

You will wonder, what made me write this. I had already banished you from my thoughts, and the thoughts that I kept were full of hate. A very wrong, rotten sensation you left. See, you left long, long time ago before the last message you received from me. Before the fights. You left, but you were at times with me, or talking to me. But you were gone. You were gone without saying goodbye. 

Then I remembered you. In my older room, a sunny day, light shining through the white bed. Or was it red the first time we slept? Anyway, the room shined through the white ceiling, a glow. There you were, there we were. Naked, and young. Sometimes I forget I’m so young. But it is good to remember, we are so young. Sex its just sex. It’s not about the orgasm. For a moment, let’s be honest, we don’t remember the orgasms as time passes by. We remember the smell, the face, the sound they made, how they closed their eyes, a drop of sweat making its way because of gravity, those are the kind of things that makes sex unforgettable. Those things that made our lovers. I remembered this song, your face, our heat, me being wet –like rain–, your moaning like thunder, the laugh, the after sex embrace. Then I thought that I would like to keep those images. That feeling. Nothing else. Forget everything else. 

Little thoughts like this, writing down thoughts like these. Allowing yourself to look back with other eyes, and open yourself up –to yourself, or someone else to read– I guess that’s how poetry begins. 

You see, as days pass by I know all of this was my mistake. My mistake was even though I knew things would end eventually, I continued. And even then as I continued, I stretched it so far, I stretched so far to keeping you close, that I lost the sight you were never even close. You were never mine. My mistake was the moment I knew it you never could love me, I didn’t run. My mistake were my feelings. I stayed. I do admit my mistakes.

Please, never write back. 

Llevo ya un mes y casi dos semanas viviendo en la Ciudad de México. Y aquí estoy, sola en la gran urbe mexicana odiada por el mismísimo Salvador Dalí (y con cuánta razón), así como amada por extranjeros como Remedios Varo, Leonora Carrington y que mi incultura no me permite continuar con la lista. Alguna vez había dicho en un post desganado de Facebook, cuando tenía, que la Ciudad de México era la capital del caos y el surrealismo. A veces sí me lo parece. (Nota: prefiero decir Ciudad de México que “DF”, me parece que tiene más <i>caché</i>). Viniendo de la ciudad provincial que es Morelia, a pesar de haber venido tantas veces durante toda mi vida a la Ciudad, no es lo mismo. La primera semana estando aquí, después de haber terminado de desempacar todas las cajas salí en mi primer paseo. Me fui en metro sola hasta el centro. Pero en mi camino al metro, tratando de encontrar la entrada encontré a un tipo muerto. Jamás había visto uno. Ni viviendo ocho años en Michoacán que la gente cree que vivir ahí es vivir como en la franja de Gaza. Era un vago, en pleno jueves a las 11:30 de la mañana. En medio de un descanso de un puente peatonal. Con los ojos idos para atrás. Y podría entrar en una plática moral de como todo el mundo pasaba(mos) del tipo y nadie hacia desbarajuste y gritaba histéricamente llamando al mexicano nain uan uan. Así atravesando un mercado llegué a la enorme estación de Taxqueña para seguir mi trayecto en línea recta para bajarme en Bellas Artes. Ahí iba yo, Ana, de uno sesenta, con jeans rotos, un chaleco que mi madre detesta que esconde mis tetas y parezco camionero, mi delineador negro y enchufada a mi iPod con cara de “ahuevo, soy bien de acá, no vengo de provincia, eh”. El día transcurrió sin eventualidades, pero aunque había visitado el centro incontables veces, todo parecía nuevo. No era lo mismo ir de la manita con mi papá y la voz de mi mamá diciéndome que cuidara que nadie metiera la mano a mi bolsa. La cosa es que cuando una esta sola, todo parece nuevo. Se ve distinto. Así entonces regresé a mi casa, pero cansada. Muy cansada. Agradecida de haberme chingado un asiento y no tenerme que ida parada. Pero sin duda lo peor fue cuando me tuve que aventar una línea de metro completa, cuando llovía. El metro se paraba, se retrasaba, la gente se empujaba y amontonaba como lata de sardinas y qué bueno que no pasó como Calle 13 dice “Apretaditos como en una lata de sardinas agarrando nalga porque esta incluida la propina”. 

Es intimidante ir caminado por el metro, pero peor son los alrededores para llegar a él. Te ven toda chiquita, toda “güerita”, toda pendeja. Y es feo el metro. No soy ninguna princesa, mucho menos delicada. Pero si te pegan luego los hornazos de la gente. La peste de la calle para llegar, los microbuses apretados en las salidas. Ay, tan pintoresco. Lo peor, ya dentro el vagón, son los tipos que se ponen a vender cosas dentro. Gritando a todo pulmón. Me irrito fácilmente con eso. Como los tipos que venden tamales (que hoy un amigo me contó que compró uno de esos que venden por mi colonia y tenía cucarachas). O peor, los ciegos que van pasando por ahí, dando lástimas, pero empujando a todos. El niño marrano que va comiendo en el metro, con sus manos todas babeadas de andarse chupando los dedos. Los chacapunks con sus pelos estilizados con gel. Las muchachas que son más valientes que yo por usar minifalda en plena hora pico pero como repelente esos pelitos morenitos que se asoman de una mala depilación. Las madres con niños en brazos pero que tienen también en sus manos un CD con las mejores canciones románticas de El Komander. Los novios que estan besándose así sin más en el acalorado vagón, tomándose “selfies” (les juro que vi unos novios tomándose una selfie). Los ávidos lectores que no pierden la línea de lectura con los frenones que mete el metro. Las madres que van regañando a toda la bola de hijos que tienen. Y luego estoy yo, sentada ahí, cuidándome las nalgas y el celular de lo tanto que dicen que les pasa a las pobres mujercitas distraídas, pero en realidad no pasa nada (si no andas en la pendeja). Pero hey, no estoy juzgando. Sólo soy una espectadora más de este maravilloso musical titulado: México. 

Nota: Adjunto foto de mi con ese chaleco ese preciso día comiendo en un mercado del centro. Existe ese chaleco. Y es ferozmente odiado por mi madre. 

Hace no mucho, el año pasado, tuvimos una presentación final de mi clase de literatura. Teníamos que interpretar por equipos pequeños una obra o leyenda mitológica de la antigua Grecia. Para ser honesta, no tengo ni puta idea qué fue lo que hice, sólo recuerdo vestirme con una toga y subirme al estrado. Pero mi equipo era de los últimos, así que tuve que chutarme los de todos los demás. Fatal. Total, la presentación fue después de clases, y ya cuando habían acabado todos había obscurecido. Mi maestro, enfurecido que todo el mundo había huido sin siquiera recoger el material de escenografía ocasionando así un verdadero basurero. No recuerdo por qué, como todos, me fui corriendo en cuanto acabo el evento. Heme ahí, eran las ocho de la noche y estaba con mi profesor recogiendo la basura de los demás. 

Cabe destacar, que este maestro a mi me encantaba, pero a mi me odiaba. Era nuevo y desde el primer día de clases me odiaba. Siempre gritaba mi nombre. Golpeaba mi mesa. Me apuntaba mis errores, me hacía quedar mal. Se notaba que simplemente no le caía bien. Pero a mi me encantaba, digo, el tipo tiene yo creo 35, seguramente se daba cuenta que babeaba por él. No era casualidad que siempre lo encontrara en la biblioteca, creo que sabía exactamente a qué horarios iba, y a esos iba yo a buscar mis libros.

De todos los alumnos que daba clase, yo estaba con él. Ya no había nadie en la escuela, estaba desierta, hacía frío y era noche. Dieron las nueve. – Eh… profe… Tengo auto. ¿No quiere que le de un ride? Miró su reloj, y dándose cuenta que no tenía otra manera de bajar a la ciudad accedió. Recuerdo que justo en ese momento me llamó una amiga. Sólo le dije “Tengo compañía. Te llamo mañana.” 

Subimos al auto y se rió de la calcomanía que tengo pegada en el tablero de Mafalda (cómo no lo haría, quién tiene una calcomanía de Mafalda en el tablero de su auto). Abrimos las ventanas, dijimos algún comentario de esos triviales que se hace por cortesía, insignificantes. Luego un momento de silencio. El silencio era evidentemente incómodo, así que prendí el estéreo y tenía el disco de “A Love Supreme”, de Coltrane. – Así que te gusta Coltrane ¿eh? ¿Cómo puedes escuchar este disco mientras conduces así nada más? Yo necesito unas copas de vino y toda la calma del mundo para escucharlo. Me encanta este disco. 

No dije nada, por supuesto, seguramente solté un “jeje” y ya. Después de un ratito le pregunté que a donde iba. Su casa estaba completamente lejos de la mía, pero yo, por pasar más tiempo con él no me importó y me dirigí a su casa que era en el centro de la ciudad. Durante el trayecto nos limitamos solo a escuchar a Coltrane. Pero no se necesitaba hablar. Era perfecto, estábamos disfrutando el silencio. Las luces de la ciudad. El ruido de la ciudad. El viento. 

Llegamos, se bajó del auto, me dio las gracias y lo que nunca había visto, me sonrío. Una enorme sonrisa. Regresé a casa volviendo a escuchar el disco. Ahora que siempre escucho ese disco me acuerdo de esa noche.

Al día siguiente, dejó de gritar mi nombre en clase y hacerme la vida imposible. Sólo se limitó a decirme “Hasta luego, Ana” cuando acabó la clase.